Envidiada te digo por compartir sus días,
por gozar sus caricias bendecidos por Dios;
caricias que debieron ser solamente mías,
desde que en esa tarde nos unimos los dos.
Te envidio porque tienes sus noches con entrega,
porque llevas su nombre y lo puedes decir,
porque te luces siempre ante la gente, ciega,
del brazo de ese hombre que te sabe mentir,
Mentir pues no te dice que yo también existo,
que comparte mi lecho cuando se va de ti;
en sus noches más tristes, soy yo quién lo consuela,
y aunque este contigo, el siempre vuelve a mi.
Porque jamás te dice que a tenerte me mira,
que cuando tu le hablas el cree escuchar mi voz,
que involuntariamente muchas veces suspira
al verte entre sus brazos cuando debía estar yo.
Y cuando tú lo mimas, como siempre yo hago,
el te murmura un “gracias” sin dejo de pasión,
porque en su mente activa como siempre yo vago,
y lejos de tu casa se halla su corazón.
Pero lo tienes, y te envidio por eso,
y te juro rival que no te miento;
porque tu por la calle le puedes dar un beso
sin tener que volverte y decirle “lo siento”.
No hay comentarios:
Publicar un comentario