Las horas pasaron monótonas, largas,
la cita era a las siete y no llegó;
de frustración y pena, de lágrimas amargas
el rostro del aquel hombre se cubrió.
Porque no era una cita solamente
con treinta años atrás en juventud,
era la útima cita y del tal suerte
que la última esperanza en senectud.
Con aquella su risa candorosa
con aquella su voz que llegó a hendir
su sentido en la noche, como rosa
que al susurro del viento empieza a abrir.
Le pesan cincuenta años en su tiempo
y ese amor que tardío a su sol llegó,
ese amor de veinte años que a destiempo
la paz de su rutina perturbó.
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