No se como empezó ni donde fue
que inundé mis sentidos de licor;
creo que me sentía sola, abandonada.
Primero fue una copa y sentí alivio
podía enfrentarme al mundo cual si nada.
Luego fue diferente, no bastó,
no alejaban mis penas una sola;
luego tomaba dos y luego tres,
y un día de tantos días me di cuenta
que una botella entera se hacía poca
para sentirme fuerte;
ahora si estaba sola,
la gente me rehuía,
se alejaba de mí, me despreciaba,
señalaban mi nombre y mi apellido;
mi familia caía junto conmigo,
más yo seguía viviendo en otro mundo
ahogada de licores y de sueños,
viviendo fantasías de beodos necios
destrozando mi cuerpo desde dentro;
pero yo me sentía sosegada y feliz,
me importaba vivir solo el momento
embotado el sentido con licor.
Pero ay de aquel que osara con decirme
que debía de alejarme del alcohol;
fuera mi madre, padre o mis hermanos,
con palabras o golpes respondía;
o si en actos de amor que no entendía
escondían o tiraban todo el vino
acusarlos de crueles y de fríos
parecíame muy poco.
El efecto de ausencia que sufría
mi cuerpo ya carente de humedad,
producía en mi sentir tal agonía
que lástima causaba a su bondad
y acababan cediendo a mi pedido
volviéndome a llevar de nuevo al vino
que apuraba como agua, sin sentido,
sin importarme nada mi destino.
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