miércoles, 24 de abril de 2013

Tiempo.

Una niña se mira en el espejo
y advirtiendo sus rasgos infantiles
reniega de los años que le faltan
y decide que quiere ser mujer.

Se pone un corpiño de encaje italiano,
las medias de seda, zapatos dorados,
se cala un vestido de flecos plateados,
y se pone joyas, cintillos y lazos.

Recoge en un moño su negro cabello,
esparce perfume por toda su piel,
en la cara pone con mano insegura
mil ceras y polvos, mil vivos colores.

Entonces se mira de nuevo al espejo,
sintiéndose más y más desconsolada;
el cristal tan solo devuelve el reflejo
de una pequeñita de cara pintada.

Andando ya el tiempo, en una mañana
frente al mismo espejo, la niña de entonces
en el negro pelo descubre las canas
y sendas arrugas en la bella cara.

Reniega entonces del tiempo pasado
al advertir su cara como es;
la humedad su semblante ha abandonado,
y decide entonces ser niña otra vez

Separa en dos su negra cabellera
atándola con cintas de colores
y en su cara marchita por el tiempo
esparce potajes, líquidos y olores.

Se calza sandalias de colores vivos
y los pantalones de vieja mezclilla,
una camiseta que ajusta su cuerpo
luego una chaqueta de pana sencilla.

Y así, ilusionada se mira al espejo,
la grotesca imagen que se mira en el
ya no es de una niña, es de una mujer
una mujer vieja vestida de niña.

La niña dice siempre con mirada mustia
¡Tiempo, de prisa, hazme contar años!
Y la mujer madura con angustia
¡Detente tiempo, no vayas tan de prisa!

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