miércoles, 24 de abril de 2013

Era un hombre de luz.


Era un hombre de luz,
me esperaba al pasar por el camino
vestido como lama tibetano;
vi en sus ojos azules mi destino.
Traía un niño en los brazos
envuelto en tela azul, azul gastado
y me miraba a mí y me esperaba,
lo supe al detenerme a su costado.
Me miró largamente con sus ojos azules
cuajados de bondad y de infinito
luego tendió los brazos y en un gesto
me puso entre las manos al niñito.

"Anda por ésta calle hasta su fondo
y dáles a besar a éste pequeño,
no digas , no preguntes,
que en tu andar se dibuje bravo empeño".
Tomé al niño en mis brazos, era hermoso.
Se lo dí a uno tras otro y era un gozo,
cuando al niño besaban en el rostro;
pero no faltó algún, que desdeñoso,
me apartara de sí con la encomienda,
y hubo los más, Dios misericordioso,
que de mí se burlaron.

Llevando en brazos mi preciosa carga
me paré al fondo de la inmensa calle
y vi al hombre de luz que inexplicable
se encontraba a mi lado ,
respondiéndo cuestiones que mi mente
y no mi voz hiciera.
"Nunca has andad sola, soy contigo
desde el principio al fin de tu quimera;
pero cruza la calle, a la otra acera,
has lo mismo que aquí, con igual fuerza.
Yo voy detrás de ti, no desfallezcas,
no vaciles mujer, Dios es la muestra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario